Paraná
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SOCIEDAD

Sauce Pinto, el pueblo que se tomó revancha del destino

Fecha: 27/09/2009  Hora: 07:00  

- El pequeño pueblo ubicado a un puñado de kilómetros de Paraná, con no más de 12 manzanas, logró que el asfalto llegara hasta su umbral de ingreso; Muchos años antes, un extraño episodio que dejó su huella en la ruta 12 lo relegó y conminó a un camino de tierra y a la incomunicación durante los días de lluvia


Si casi todas las personas tienen una segunda oportunidad sobre la tierra, porqué no habrían de tenerla los pueblos. Y sólo porque los fracasos quedan en el imaginario colectivo de una comunidad más enraizados que los logros, es que cuando los vientos cambian y comienzan a concretarse los sueños el sabor amargo del tiempo se convierte en miel silvestre.

Estos avatares poéticos emergen por estos días en las 200 almas que viven en el corazón de Sauce Pinto y se alborozan porque pudieron torcerle la mano al destino y finalmente lograron concretar la obra del asfaltado de los 5.000 metros que posee el camino de acceso, superando un episodio pletórico de extrañezas y sinrazón, por ser benévolo en la definición.

Los habitantes del lugar son amables y confiados por naturaleza, y cuando refieren al mismo lo hacen con una sutileza prístina: “Antes, la ruta 12 pasaba más al oeste, y las versiones aseguran que la ruta 12 hubiera pasado por Sauce Pinto, pero la población de Aldea María Luisa tuvo más fuerza que la nuestra”, dicen con marcado respeto.

OBRAS. Corría el año 1966 cuando la traza de la ruta 12 había logrado instalarse a fuerza de la creciente comunicación con Crespo, y todas las ciudades del centro sur de la provincia. Entonces las autoridades decidieron que había llegado la hora de asfaltarla y la maquinaria vial nacional se puso en marcha. El dibujo original acariciaba a Sauce Pinto, ya que por ahí pasaba la vieja ruta 131 que tantas veces utilizó Urquiza para llegar al Uruguay, y que los unía a San Benito, y desde allí a Paraná.
Pero dicen que dicen que el diablo metió la cola y que la traza se desvió trágica y misteriosamente para los habitantes del pueblo, pasando exactamente por el centro de Aldea María Luisa, marginando al pueblo que quedó sumergido campo adentro.
Esto explica el quiebre que hace la traza en María Luisa, en una suerte de zigzag que se le hace a la linealidad que la ruta trae desde muchos kilómetros arriba. Y si bien nadie quiere herir susceptibilidades, la mitología se apoderó de este episodio.
Pero quizá la versión más verosímil es aquella que afirma que el ingeniero de Vialidad Nacional que estaba a cargo de la obra –cuyo nombre, quizá con justicia, fue escondido en el los pliegues del olvido- cambió los planos seducido en sus convicción por la firmeza de argumentos venales.

HISTORIA. El “Sauce” del nombre es por el arroyo que corre un poco más abajo, entre el pueblo y la ruta 12. El arroyo está colgado a su identidad y sobre él aún sobrevive un puente de hierro que alguna vez la fuerza de las aguas lo llevó consigo. En él hubo amor y muerte. Un suicidio aún recordado y un cansado puma que llegó con la crecida y se detuvo a dormir una siesta en el patio de la Escuela 33. ¿Cómo ese pequeño y soso hilo de agua puede convertirse en una daga de agua que alguna vez se llevó un camionero de Crespo y dejó aislado a todo el pueblo?, se preguntan muchos.
Lo de “Pinto” es tributario de la primera familia que asentó en la zona de campos agrícola-ganaderos. En un viejo plano de 1897 se advierte como Doña Tomasa Jiménez era la dueña, y contrajo enlace con Esteban Pintos, de linaje criollo. Sin embargo, el pueblo quedó nombrado sin la ese final: Sauce Pinto.
La primera vivienda data de unas décadas anteriores, en 1849, y en el primer mapa que aún conserva Mirta Pintos, docente de la escuela, la primitiva vivienda de la señora Jiménez de Pintos estaba rodeada de 2.000 cuadras a la ronda, es decir que mucho más que 2.000 hectáreas.
Con el tiempo esas cuadras fueron vendidas a los primeros moradores: Don Antonio Boaglio, Pedro Bettoni, Juan Bettoni, Eugenio Pagliusa, Tomás Anichinni y Domingo Dellizzotti, todos ellos forjaron Sauce Pinto.
“El pueblo se construyó porque vinieron pobladores, muchos inmigrantes, y se ubicaban al costado del camino principal que es el que va en diagonal a San Benito y Paraná. Ese fue el camino principal y los primeros pobladores compraron”, relata Omar Bettoni, un viejo vecino del pueblo que vive en la entrada de la colonia. Esos terrenos se convirtieron en minifundios, dónde había inicialmente crianza de oveja.
En 1870, las tropas de Urquiza se abastecían de agua y el prócer elegía el lugar para que descansen los caballos.
Por entonces, era pujante y muchos llegaban para buscar provisiones y traer sus hijos a la escuela que funcionaba en la casa que alquilaba doña Felisa Solaro de Bettoni. “Venían más de 40 alumnos. La fecha de fundación de la escuela data de 1897 y consta en un acta del Consejo de Educación”, rememora la docente.
Sus bolichos no fueron menos famosos. En Sauce Pinto se erigieron dos, con marcado renombre. Eran de ramos generales que funcionaban como bares y el pueblo tenía uno en cada punta. El primero fue de la familia Dellizzotti, y el otro de los Garberi, que con el tiempo le dio al pueblo la fábrica de alimentos balanceados Gerbitam. Eran almacenes de ramos generales con sendos sótanos para guardar salames y funcionaban como bares.
-Mire- dice Mirta señalando una foto sepia, -ésta que está aquí es Gladis, la mamá de los chicos Ruberto que son periodistas y de Daniel. Durante años ella y su marido fueron los maestros.
El pueblo siempre tuvo iglesia, pero nunca cura. La parroquia Nuestra Señora de Luján la mantiene el pueblo y depende de San Benito. “Las primeras misas se realizaban en la casa de Don Juan Garberi, por el presbítero Santiago Manuel Peralta en el año 1937 y por distintas razones se pasa a celebrar misa en un salón en la casa de doña Felisa Solaro de Bettoni, que tenía un salón y era donde se dictaban clases. En el año 1945 llega un sacerdote que venía de la Abadía del Niño Dios y genera el entusiasmo de la Comisión de Damas que salía a la colonia a pedir para construir una iglesia”, relata el intendente del pueblo, Marcos Bettoni, presidente de la junta vecinal y productor agropecuario. Los más jóvenes recuerdan a Botegall, el Padre Gaucho.

CAMBIOS. Una niña de 10 años sube y baja por el nuevo asfalto en una patineta, en la primer casa que se cuelga del pueblo. “Antes podía andar en bicicleta sin problemas, pero mi papás no me dejan andar más porque dicen que los autos y camiones vienen muy fuerte”, relata a este cronista con desdén. Es que el pueblo sabe que ahora vendrán caras extrañas a dar una vueltita por el pintoresco pueblito.
Este es un pueblo de gente mayor, pero en estos años en que le fue bien al campo, se vio beneficiado porque los jóvenes no emigraron, quienes desde la adolescencia eligen Paraná o María Luisa para hacer la escuela secundaria.
Por eso el pueblo mantiene el cordón umbilical con este camino que nació como una senda hecha por el hombre y el caballo, porque era la salida más rápida. Luego la agrandó la huella y el puentecito de hierro le dio un soporte para paso. “Mejoró mucho desde en 1984 con la llegada del ripio, y ese año se convirtió en Junta de Gobierno. El camino principal era otro, el que sale a San Benito, cuando creció la ruta 12 se hizo este camino. Las antiguas versiones dicen que la ruta 12 hubiera pasado muy cerquita, pero la población de Aldea María Luisa tuvo más fuerza”, dicen, mostrando cómo duele en la memoria aquella puñalada del destino.
En 1996, luego de 12 años de reclamar, el gobernador Moine les consiguió el puentecito, y ahí todo empezó a cambiar.
“Hasta unos años atrás en los cercos se podían ver las chapitas que los operarios ponían como mojones que era donde iba a pasar la ruta, que finalmente pasó más al oeste, y esto nos detuvo, y el pueblo empezó a crecer en el año 1985 con el camino”, precisan los habitantes. Luego se hizo un ripio asfáltico, y así subsistió como pudo al paso de los camiones y los autos.
Pero ya no podía esperar más ese puñado de pobladores que viven de la tierra y algunos de los tambos. Los silos es la empresa de acopio que da empleo a 20 personas en forma directa y muchos más indirectamente, y dicen que sus dueños hubiesen instalado el Molino San José –hoy en el Parque Industrial de Paraná- en el pueblo si hubiese tenido asfalto. “Imagínese lo que sería el pueblo hoy con el molino”, se lamentan.
Hoy el pueblo se ubica en un punto de discontinuidad. Más de 30 años esperan el asfalto. Toda una vida. Pero también hay toda una vida por delante, y aquel cordón umbilical precario del que pendía su vida, se ha convertido –gracias a una inversión de 8, 6 millones de pesos- en un surco en el que este florilegio de habitantes planta la semilla del futuro. Las 12 cuadras del pueblo, con cordón cuneta, todavía esperan su bendición, y se lo dirán así al gobernador Sergio Urribarri cuando vaya a inaugurar la obra. Sin embargo saben que ya nada será igual para quienes pelearon tanto para encontrarle un atajo a la burocracia y que miran con altivez al destino.


La peste bubónica y Urquiza

Cuentan los memoriosos que en el año 1926 se apoderó del pueblo la fiebre bubónica, y las autoridades sanitarias provinciales decidieron cerrar el pueblo para evitar propagación. Recuerdan que a Jaime La Pera le pusieron una inyección para que se muera porque tenía esa enfermedad, y al otro día vinieron al buscarlo con el ataúd, ya que lo daban por muerto. “Pero resulta que el amigo tomaba tanto alcohol que la inyección no hizo efecto y cuando vinieron a buscarlo salió él a recibirlos con los brazos abiertos. Eso es verídico”, relatan.
Sin embargo, todos los muertos, que fueron muchos, fueron enterrados en su propio domicilio para evitar más casos.
No menos dramática fue la anécdota ocurrida algunas décadas atrás. Todavía se recuerda cuando para una edición de la Fiesta de la Mujer Campesina, Sauce Pinto se vistió de gala. Hasta allí llevaron a Manuela Cabrera, una mujer de 114 años que fue recibida con honores por Enrique Tomás Cresto y Dardo Pablo Blanc, a la sazón gobernador y vice de la provincia. Cuando le preguntaron qué sentía al ser la única persona viva que conoció a Urquiza y que cuente cómo era él, la longeva mujer respondió: “Ah, ni me hable de ese asesino que despellejaba a la gente viva, mejor ni acordarse”. El relato fue transmitido en vivo, y la participación de la mujer en la fiesta concluyó en forma abrupta.

Para destacar

- Antes, cuando llovía o crecía el arroyo, el puente de hierro quedaba interrumpido y el contacto a Paraná era por el Espinillo o María Luisa. El Arroyo Sauce sólo era una calzadita sumergible y como paso era muy vulnerable.
En un tiempo Sauce Pinto tuvo destacamento policial; después se lo llevaron a María Luisa. Ahora el pueblo quiere crecer armónicamente. En el pueblo no hay desocupados y todos tienen alguna actividad, se ufanan sus autoridades.



  (Radio La Voz)


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